Los mates de Adela
Los mates de Adela

Mientras vos recibas este correo se va a estar celebrando el Día de la Madre en Argentina. Ya sé que es un día comercial, y también me subo a la frase de que el día de la madre es todos los días… pero no está mal la excusa…

Los mates de mi vieja, Doña Adela Cristina Alonso, no se destacan por su composición. Están hechos en un jarrito enlozado y van con edulcorante. Sin embargo, si esperan una burla y una descalificación, a mal puerto van por leña. Hoy voy a poner la poca o mucha literatura que pueda sacarle a estos dedos para celebrarlos.

Definamos

Parafraseando a Luis Enrique, lo que diga Amaro Villanueva va a misa, así que lo seguimos en su definición sobre el mate de loza: “Mal llamado así vulgarmente, porque se trataba, en realidad, de mates de porcelana, este sustituto de la calabaza tuvo extraordinaria boga en el país hasta fines del siglo pasado. Se los importaba especialmente de Alemania y Austria, zona de la actual república de Checoslovaquia (…) los mates de loza eran los preferidos por la mujer, pues se los destinaba al mate dulce o al de café y, más particularmente, al mate de leche, es decir, el mate dulce cebado con leche caliente en vez de agua (…)

Como vemos, el mate enlozado original era de porcelana. Ya no se importan más y ahora se fabrican, mayormente, de acero inoxidable.

En relación al edulcorante, desde hace unos cuantos años, quizás veinte o más, mi madre se ha inclinado por la esteviaGracias a esta entrega pude saber que en el Paraguay se le conoce como kaá jeé (hierba dulce). Si bien era muy difundida y utilizada por los pueblos de la nación tupí guaraní, quien le puso el nombre de Estevia a la planta fue Moisés Santiago Bertoni, un científico anarquista al que sospecho que le vamos a dedicar una nota. No se imaginan la felicidad que me provoca esta historia, porque debo confesar que por mis prejuicios siempre asocié a esta planta con el sabor a metal de todos los demás edulcorantes.

Consideraciones generales

Si tengo que elogiar al mate enlozado, debo decir que su principal virtud es la practicidad. Es un mate fácil de limpiar y que consume poca yerba. Así como los mates de calabaza bien curados y mantenidos tienen un sabor único, también hay que decir que los mal llevados apestan. El mate enlozado es inocuo. No aporta nada extraño y todo depende de la yerba y la temperatura del agua. Mi vieja ha laburado toda su vida, y como buena porteña que vivió a mil kilómetros por hora, el mate enlozado es la elección perfecta para sus momentos acotados para disfrutar del elixir.

En relación al mate dulce como concepto, le señalo dos virtudes. La primera es la función estimulante. Es como darse un pequeño saque de energía (no sean mal pensados). Y la segunda es la cuestión alimentaria. Yerba y azúcar es con lo que se llena el pueblo cuando no hay otra cosa.

La costumbre sagrada

Ahora voy a ir a lo particular y construiré un par de escenas con retazos. En los años noventa mi madre tenía una veterinaria en la casa de mi abuela. Una de las habitaciones (con ventana a la calle) se había convertido en local. Primero fue una dietética que atendió mi abuela Alicia y después mi vieja instaló allí su veterinaria. Tenía una puerta que la conectaba con la casa. Eso tenía muchas ventajas evidentes y un problema que supimos la vez que le entraron a robar. El ladrón después de hacerse con la plata de la caja, señalando hacia la casa, preguntó: “¿Qué hay detrás de esta puerta?” Y mi madre (siempre tan pilla) le contestó: “Ahí vive una pobre vieja jubilada que no tiene un mango. La vas a matar y te va a salir más caro”.

Cada vez que no había ningún cliente, ni mascotas malheridas que supervisar, mi vieja se escapaba a la casa de mi abuela, apoyaba la pava en un plato de madera y se tomaba unos dulces. Algunas veces andaba yo dando vueltas por ahí (en las escasas oportunidades en las que no estaba en la calle o jugando a la pelota en el estacionamiento de una fábrica abandonada). Aun a sabiendas de que eso distaba mucho de ser un mate como los que había conocido en Entre Ríos, me gustaba cruzar dos o tres mates con mi vieja. Era nuestro momento juntos.

Sin embargo, los verdes que más recuerdo son los domingueros. Ya un poco más grande, me despertaba de alguna gira artística nocturna, y mi vieja estaba escuchando la radio o mirando la televisión con pertrechos sobre un mantel de hule. Consciente de mi estado deplorable, y entendiendo que la disciplina también tiene su timing, primero me convidaba de sus brebajes y después iba obteniendo información con los mismos métodos que todas las fuerzas maternas de seguridad.

Enseñanza

Pasaron los años y yo me afinqué en Entre Ríos. Me fui haciendo cada vez más adicto a la bebida más rica del mundo. De todos mis consumos problemáticos me quedé con el mejor. Y como todo bicho que deja el nido (ya me llegará del otro lado del mostrador) me fui diferenciando de mi vieja. Le criticaba con dureza y altas dosis de ironía sus enlozados. Ella se defendía con la sonrisa (también alguna puteada, no vamos a andar idealizando tanto). Poco a poco se animó a probar mis amargos.

La vida me regaló la oportunidad de tenerla conmigo acá en el pago chico. Su perfecto estado de salud me obliga a prescindir de cualquier herencia. Ya está jubilada y dudo que esa vieja me deje algún mango. Sin embargo, la mayor enseñanza que hemos tenido en estos últimos años es que aprendimos a querernos. Y una de las expresiones más puras de ese amor que nos tenemos (muy poco demostrativo y cero meloso) se evidencia en los domingos como este, cuando un solo termo alimenta dos mates.

Que todas las personas que cumplen el rol tengan un hermoso día.

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